Narraciones al viento

Una biblioteca de cuentos cortos para leer en cualquier lado...
Miguel Ángel Fernández
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    Estimados, lo que les voy a contar puede sonar un poco loco, pero descubrí un portal hacia otro mundo.

 

    No fue un experimento científico, ni un hechizo, ni una conspiración cósmica. Fue una maceta.

 

    O, mejor dicho, fue mi pie, que se enganchó con la maceta del ficus en el patio. Podría decirse, incluso, que fue mi torpeza habitual la que hizo que mi pie se enganchara con la maceta del ficus.

 

    Cuando levanté la vista, noté que no estaba en mi patio. Y un poco me cagué en las patas.

 

    Después de un gritito nada digno de macho alfa, analicé la situación. No era un universo de lava ni una ciudad alienígena. Había calles, kioscos, autos estacionados, árboles… como una ciudad normal.

 

    Casi me convencí de que no había pasado nada. Que quizás había sufrido un ictus, un lapsus, o algo con “sus” en el que simplemente perdí noción del tiempo.

 

    Nada raro.

 

    Hasta que vi a la gente.

 

    La primera persona que vi estaba flotando a unos centímetros del suelo. No saltando. Flotando.

 

    El segundo era un señor apurado que se movía en el aire como si caminara, pero sin tocar el piso.

 

    El tercero estaba esperando en una parada de colectivo (que sí estaba firme en el suelo), pero él flotaba como un globo atado a un poste.

 

    Todas las personas flotaban.

 

    Excepto yo.

 

    Me miré los pies. Bien apoyados en el piso. Salté un poco. Cero efecto. Me agaché y toqué el suelo con la mano. Era un suelo como cualquier otro. Pero solo yo lo podía pisar.

 

    Y eso, evidentemente, me convirtió en el bicho más raro de la ciudad.

 

    —¡Miren, un pegado! —gritó un nene.

 

    La gente empezó a amontonarse (en el aire). Me rodearon flotando a distintas alturas. Una señora descendió empujándose con los brazos, como si nadara, y me miró con la boca abierta.

 

    —¡Pero qué cosa más extraña! —dijo—. ¿Cómo hacés para no elevarte?

 

    Me encogí de hombros. Para mí, la pregunta era al revés.

 

    —No sé… ¿cómo hacen ustedes para flotar?

 

    La multitud murmuró como si hubiera dicho una blasfemia. Me miraban con curiosidad, como si fuera un fósil caminante.

 

    Un nene descendió hasta mi altura, agarró mis orejas y tiró hacia arriba.

 

    —¡Está duro! —dijo—. ¡No se despega!

 

    Con el revuelo, enseguida empezaron a pedirme favores.

 

    Resulta que, en este mundo, las personas flotaban, pero el resto de las cosas seguía en el suelo. Eso significaba que, si alguien dejaba caer un billete, una moneda o el celular, chau. Se quedaba ahí para siempre.

 

    A menos que apareciera alguien como yo.

 

    Un héroe nato.

 

    —Señor Pegado, ¿me alcanza la billetera? Se me cayó cuando me ajusté el cinturón y ahora no puedo agarrarla.

 

    Por supuesto que se la alcancé sin mayor esfuerzo. El hombre me agradeció y me extendió una piedrita.

 

    La tomé y, en seguida, me di cuenta de que era un lingotito de oro. De oro de verdad.

 

    Antes de poder decir nada, me llamaron nuevamente.

 

    —¡Eh, amigo, se me fue la gorra con el viento! ¿Podrías traerla?

 

    Obviamente lo ayudé, y también me pagó con oro.

 

    —¡Maestro del Piso, perdí el anillo de bodas y mi esposa me mata!

 

    Este último me pagó con más oro aún. Diez lingotitos. O tenía mucho, o le temía demasiado a su esposa.

 

    Y yo, que siempre fui más bien normalucho en mi mundo, de repente era el tipo más útil del lugar.

 

    Me gustaba bastante. Era un gran mimo al ego. Y encima me pagaban.

 

    Un tipo me ofreció cinco lingotes para ayudarlo a destrabarse del techo de su casa, donde había quedado atado sin querer mientras dormía la siesta.

 

    A los veinte minutos, ya tenía los bolsillos llenos.

 

    Me sentí un empresario del siglo XXI.

 

    Hacía cosas básicas y me pagaban con oro. Ya me veía volviendo a casa como un rey, llenando la heladera de chocolates caros y comprando esa cafetera inútil que nunca quise.

 

    Finalmente, volví por donde llegué.

 

    Cuando salí del portal, me miré las manos y los bolsillos… y toda la fortuna había desaparecido.

 

    Toda mi riqueza, todo mi esfuerzo… a la basura.

 

    Bueno, "esfuerzo".

 

    Me quedé parado en el patio con cara de tonto. Miré la maceta del ficus, que seguía en el mismo lugar. Pensé en patearla, pero, con mi suerte, seguro me tropezaba de nuevo y terminaba en otro lío.

 

    Igualmente, me sentía satisfecho por haber ayudado tanto.

 

    Esa noche, en la cena, se los conté a los chicos.

 

    —Así que aprendí algo importante —dije, sirviéndome más puré—. A veces, lo que a uno le cuesta mucho, a otros les resulta sencillo. La sensación de ayudar al otro es mejor que cualquier pago.

 

    Iker frunció el ceño.

 

    —¿Como cuando regalé mi bici a los chicos del hogar?

 

    —Exacto —dije—. O como cuando nos ayudaron a nosotros a comprar nuestra casita.

 

    Julen me miró muy serio, con un bocado de milanesa en la boca. Después dijo:

 

    —Papá…

 

    —¿Sí?

 

    —Yo quiero flotar.

 

    Se hizo un silencio y después los dos se largaron a reír.

 

    —Bueno —dije—, la próxima los llevo y probamos. Pero si pierden algo, les cobro en oro, ¿eh?

 

    Y así seguimos cenando.

 

    Al final, me fui a dormir pensando que, aunque no me había traído un tesoro, al menos tenía una buena historia para contar.

 

    Y eso, en el fondo, vale más que cualquier lingote.



Pasado un poco el problema de los mosquitos, quiero contarte que estamos intentando ponerle onda a la vida. Y qué mejor para eso que empezar el gimnasio? Escuchaste bien, mi yo del pasado... Gim Na Sio.

Parecía un emprestito imposible, a mi que sólo averiguaba precios de gimnasios para saber cuanto me ahorraba. A mi, que cuando decidí finalmente hace 5 años hacer ejercicio el gimnasio al que fui a  averiguar estaba en un primer piso y desistí por un par de escalones. A mi, que si no hay una pelota de por medio no te corro el colectivo ni me agacho ni por un billete de 100. 

En fin, lo logré! Arranqué en un gimnasio groso... Magnum (tiene nombre de helado, si... eso me motiva mas).

Ya van 6 clases y aun no me sé los nombres de ninguna de las máquinas. El primer día me dijo la profe "Andá al Press Desk y hacete 4 series de 8". En mi mente, el Press Desk debía ser una especie de Netflix en la cual no debía ser muy difícil encontrar 4 series de 8 capítulos. Asi que me fui a casa a instalarla. 

No es tan malo ir al gimnasio. Podes usar auriculares y escuchar podcast de La Venganza Será Terrible, o de La Brújula de la Ciencia. O Planeta Misterio. Aunque no combine mucho con estár levantando pesas. 

También podes arrancar corriendo en la cinta, que ojo al piojo, es muy peligrosa. Segun la Universidad de Massachusets 1 de cada 3 personas que las usan sufre rotura de tibia y peroné por distraerse, olvidarse donde está  pisando y caerse al piso. 

Algo que no está tan bueno es compartir una máquina con otro. Una serie cada uno. Me hincha los bobelins tener que cambiar de los 30 kilos que pone el otro a los 5 kilos que uso yo, y que me miren con cara de superioridad. Prefiero esperar. El otro día estuve 6 horas en el gimnasio y usé 5 máquina. Es que eran muy solicitadas.

Igualmente creo que voy a seguir yendo, porque la verdad me hace bien. Aunque hoy me tocaba y acá estoy, en una heladería escribiendo boludeces para mi Yo del futuro.

Por suerte, este helado lo bajo el viernes, que me toca de nuevo. 





Buenas tardes, me presento: soy Miguel mucho gusto. No, el gusto es mío, yo tambien soy Miguel... aunque si me llamás"Migueeel" yo no me doy vuelta. Me gusta que me digan Migue.


A partir de hoy, durante este año 2024, mi intención es dejar asentado algunos pensamientos que me rondan por debajo del cuero cabelludo, para que en un futuro pueda leerlos y decir "mirá que interesante lo que pasaba cuando era mas joven...". 


Por lo tanto, si no sos el yo del futuro, lee con cautelación. 


Así que bien, avancemos con el tema de hoy: mosquitos.


¿Me pueden decir que pasa con los mosquitos, viejo? En las noticias avisan que se viene una avalancha de mosquitos. Avisenle a los medios que ya está acá desde hace unos días. Con todo lo que me picaron pueden clonarme varias veces tranquilamente. Es más, un gran invento sería el "Convencedor de mosquitos", así los podemos convencer de que donen la sangre que chupan. Se salvaría mucha gente. Pero bueno, el Conicet está ocupado haciendo boludeces como la extraccion antígena parala creación de nuevas vacunas.


Volvamos, que me voy por las ramas. Decía que la cantidad de mosquitos sobre Buenos Aires es inenarrable, roza lo ridículo, ampiciona los límites de la lógica... (aclaración del autor: no busquen "ampiciona" porque es una palabra que acabo de inventar.) Imagínense que al entrar en mi casa tuve que pedirles permiso. Y si, ¿ustedesacaso no lo pedirían? ¿No saben que son la especie que mas muertes humanas ocasiona? Les recomiendo poderosamente que sean muy respetuosos con ellos. Sobretodo con las mosquito hembras. Ellas son las malas.


La hembra mosquito es la que pica, la que pone huevos, la que joroba, básicamente. El macho tan solo sirve para transportar. Claro, por eso a los camiones que llevan autos de un lado a otro se los llama mosquitos, y no mosquitas.


Si, coincido con ustedes, fue un chiste muy malo. Además, las mosquitas son otra especie, totalmente inofensivas pero igual de pesadas. ¿Vieron como se quedan las tontas cuando las intentamos aplastar en la pared? En realidad, los tontos somos nosotros, que prácticamente tenemos que volver a pintarla, porque la mancha no sale ni con kerosene. Es como la mancha de la B. 


Así que gente, a usar repelente. Y espiral, que el otro día probé y me re copó. Es drogadictivo, y encima funciona tremendo! Pude salir a regar las plantas y regresar vivo y sin ronchas. Es más, los vecinos me aplaudían. Bah, era eso o estaban matando mosquitos. Offf como estoy con los chistes...

Lo peor es que tengo un gran problema porque se me pegó un tema que no lo puedo cantar porque están mis hijos dando vueltas. ¿Recuerdan el de "pican pican los mosquitos, pican con gran disimulo, unos pican en la cara y otros pican en el .."? Bueno, esa. Asi que voy a poner en Spotify alguna de Marama para que se me pegue, porque antes que mi salud mental está la educación de mis hijos. 


Otro día hablamos de esas cositas que entran en la temática, como ponerse Caladryl vencido o hacerse la cruz con la uña en la roncha, cosas que hacemos todos, pero que no me da el tiempo para escribir mas. Tengo mucho trabajo y esos repelentes no se pagan solos.


Nos vemos la próxima mi yo del futuro!