Narraciones al viento

Una biblioteca de cuentos cortos para leer en cualquier lado...
Miguel Ángel Fernández
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             “El barco en el cual volvieron (desde Creta) Teseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaron hasta la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas que crecen; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era.”

-Plutarco, Teseo, 23.1


— ¿Hay alguien para atender? — dijo Santiago asomándose por el mostrador. La ferretería era grande, repleta de productos en exhibición. En el centro de la pared más grande colgaba lo que parecía ser un diploma universitario de médico clínico.


Un señor con muchas canas apareció por una escalera, justo detrás del mostrador.


— ¡Santi querido! ¿Otra vez por acá? — dijo acomodándose unos anteojos sin cristales sobre la nariz. 


— Hola Don Ricardo, ¿cómo le va? Sí, vengo a pedirle un repuesto. — El joven se interrumpió por cortesía, pero continuó cuando el viejo le hizo un ademán para que lo hiciera. — Necesito un… un…— Santiago lo miró implorando ayuda con la palabra que, evidentemente, le faltaba.


— A ver Santi, te conozco desde hace más de 60 años. Si querés podés decir esa palabra que todos los ferreteros odiamos.— El joven sonrió.


— Gracias Don Ricardo. Verá, lo que necesito es el coso. El coso de acá.— Santiago le señaló con el índice izquierdo su propia mano derecha. más precisamente la base del dedo meñique, notablemente más amarillenta que el resto de la mano. 

Don Ricardo lo miró con profundidad, intentando hacer memoria. Sacó una tablet de debajo del mostrador y comenzó a manipularla mientras repetía “Santiago… Santiago…”. Tras un momento que pareció eterno, miró al joven negando con la cabeza.


— Qué sucede Don Ricardo, ¿no hay coso?.— preguntó bromeando Santiago.


— El coso que estás necesitando es una falange proximal de tu meñique. Y de hecho, tengo muchas y de gran variedad. El tema es otro Santi.— El señor se sacó los anteojos para explicarle mejor. — Llevo cuenta de todos los repuestos que has pedido y son casi la totalidad de tu cuerpo: las piernas, los pies, el torso, la cabeza, todos los has solicitado, y algunas partes más de una vez. —


— ¿Pero no son para eso las ferreterías? Venden partes de cuerpos biomecánicas para poder reemplazarlas en caso de necesitar. Con eso podemos vivir más que lo que vivían antes. Si es por el dinero no se preocupe que… — Don Ricardo lo interrumpió con un gesto de la mano.


— Santi, la única parte de tu cuerpo original es la falange proximal del dedo meñique de tu mano derecha. ¿Entendés lo que significa reemplazarla?— El joven quedó mudo. Era obvio que no lo sabía. 


Con lujo de detalles, el ferretero biomecánico (con su matrícula médica correspondiente) le explicó la paradoja de Teseo, que antiguamente era discutida filosóficamente, pero que actualmente ya se había contrastado de forma científica arrojando como resultado que al cambiar la última parte original, dejaba de ser el mismo objeto original. Y era por eso que ese cambio de la falange por un repuesto implicaría dejar de ser Santiago. Básicamente solo sería un ser biomecánico sin alma. Y para agravar la situación, por otro lado, si esa falange original terminaba de pudrirse también dejaría de ser él mismo.

Luego, se limitó a esperar su decisión en silencio.


Santi, inexpresivo, recorrió varias fases mentales. La primera fue el horror de saber que su vida tenía fecha de vencimiento muy cercana. La segunda, fue el intento de buscar otras opciones. La tercera fue la aceptación. En ese instante, entre lágrimas, se enfureció. Descargó su ira contra el mostrador con un fuerte golpe a puño cerrado que hizo retumbar el local. Inmediatamente se desplomó en el piso, con los ojos abiertos mirando perdidamente el techo del local.


— ¡Santi! — Don Ricardo se acercó al cuerpo y comprobó que ese dedo podrido había sucumbido ante el golpe en el mostrador, aplastándose y separándose de la mano. 


Santiago ya no estaba allí.


El hombre suspiró tristemente y se agachó junto al cuerpo.


— Un cliente menos.— Se levantó y fue a buscar una carretilla. — ¡Pero muchos repuestos más!—

Y sonrió.





Soy un cactus, señores.


Si, un cactus. De esos de maceta que usan como souvenir* en los cumples donde uno no sabe que carajo poner como souvenir.


Me di cuenta fumando mi porrito personal que es el mate (los pacientes oncológico de carnet amarillo no podemos consumir drogas). Cada tanto me permito uno. Cada uno o dos minutos, porque soy un adicto al mate. 


Es decir, la gente me mira, me ve simpático y verde. Ahí, como un decorado zafable, cumpliendo siempre mi función de manera correcta. Ni muy muy ni tan tan.


Sospechan que debo pinchar, entonces solo se acercan los crédulos, los inocentes. Es buen filtro la verdad, porque mi vida no está para la gente sin huevos. A mi acercate si tenes ganas de vivir locamente. O si sos tonto. O masoquista. Sino no, mirame de lejos y saludame desde allá.


Por otro lado, no encesito mucho para vivir. A mi dame un poco de agua cada tanto, y sol. O no, me da igual. Voy a seguir creciendo firme igualmente. Yo no pido nada, y no necesito nada. Soy un cactus, viejo!


En realidad, si... pido algo. Que me pongas cerca de otro u otros cactus. 


Así que si vas a un cumple, traete dos souvenir al menos. Gracias!


*Souvenir es el regalito que te dan de despedida cuando vas a un cumple, cuyo mensaje es "Gracias por souvenir a mi cumple".







¿Alguna vez te pasó sentirte inquieto por estar haciendo algo que en realidad no querías? ¿Y viceversa?

Todos hemos sufrido algun momento en el cual nos preguntamos por qué carajos hicimos esto, siendo que en realidad no queríamos hacerlo. O peor aún, ni siquiera estaba en nuestra naturaleza hacerlo.

Tantas veces me tocó sufrir al traidor en mis zapatos, que hasta incluso me hizo dudar si en realidad no era mi subconciente, o mi inconciente, o algo por el estilo, como aquella vez que agarré del cuello al pibe que empujó a mi amiga. Se lo merecía, pero yo no solía manejarme de esa manera. Y por culpa de eso perdí a mi amiga, y la posibilidad de volver a ese lugar.

Y tantas otras veces me tocó vivir al traidor en mis zapatos, que hasta inclusole agarré cariño, como aquella vez en la que me animé a dejarle mi número escrito en un papel a la chica que me gustaba.  

Veo muchos igualmente excusándose de esa forma haber hecho cosas terribles e imperdonables. El traidor en tus zapatos tiene poco poder sobre vos, y además es momentaneo. No lo uses de excusa, si sos una mierda sos una mierda, admitilo.

Sin embargo, saber esto lo único que genera en mi es una especia de tolerancia excesiva a la gente. Y si, teniendo en cuenta que todos tenemos un traidor en nuestros zapatos, ¿no merecemos acaso un margen mas? Un poco de empatía no viene mal, ¿no les parece?

Para terminar, hago un llamamiento a todos a dos cosas: reconocer al traidor, y aceptarlo. Solamente así podemos manejarlo y controlar sus consecuencias. Y quizás hacernos amigos.


Sin mas me despido de ustedes.

Suyo,
El traidor en tus zapatos.


M!

Sumergido.


La vida es un mar intranquilo, que no se queda quieto nunca. Por momentos las olas son demasiado fuertes, tanto que uno piensa que se va a ahogar. Por momentos, te da tiempo para salir a respirar, hacer la plancha y que las ondas te hamaquen suavemente, como arrullandote en piadosa armonia.




Sumergido.


Porque cuando en la superficie hay tormenta, dicen que hay que hacer submarino para que las olas no te den vueltas. Da un poco de miedo, eso si. Pero por lo menos no te desorientas. Solo es cuestion de esperar la pausa, nada mas. Todas las tormentas terminan eventualmente.




Sumergido.


Aunque ya no recordas cuanto tiempo hace que estas conteniendo el aire. Regulando los movimientos para que no se consuma todo el oxigeno. Usando los truquitos que te enseno la vida, como el de tener los cachetes inflados con aire, como un tubo extra que te da algunos segundos mas. Perdiendo la cuenta, pero sabiendo que superaste todo record mundial. Por lo menos el tuyo propio.




Sumergido.


Tratando de no olvidarte como era lo de nadar hacia arriba. Tratando de no sumergirte tanto que la superficie quede muy lejos. Tratando de no perder de vista el salvavidas. Tratando de sobrevivir.




Sumergido. 


Creyendo ya que no hay nada mas que agua alrededor. Agua fria, y salada. Y triste, aburrida y desesperanzadora. Y un poco de Yodo, que no suma ni resta.




Pero salis a la superficie. Y descubris nuevamente el cielo. Azul, recortado por un arcoiris increible. Y el sol que te deslumbra y te hace poner cara rara. Aves cantando una melodia preciosa, y el olor proveniente de vaya a saber que rincon. 




Y la playa ahi cerca, que te espera para vivir otra nueva aventura, en un ciclo que no tiene fin.



M!