Narraciones al viento

Una biblioteca de cuentos cortos para leer en cualquier lado...
Miguel Ángel Fernández

  




El hedor a carne en estado de descomposición se estaba impregnando en las paredes húmedas de ese sótano. 



A pesar de eso, el lugar parecía limpio y ordenado. Solo destacaban una bolsa negra que, desde su interior, asomaba un brazo humano, y un hombre, quien había arrastrado el cuerpo desde un cementerio cercano. Tenía un delantal blanco y gafas. Ambos asombrosamente limpios. Debajo, la ropa estaba embarrada. Estaba descalzo, sus zapatos estaban tapados de barro en la puerta de entrada.Trabajaba en una mesa llena de tubos de ensayo, papeles con ecuaciones y una especie de computadora avanzada. 



En ningún momento miró la bolsa con el cadáver.



Las agujas pequeñas del reloj de pared ya habían dado casi una vuelta entera desde que el hombre había entrado al sótano. De repente se sacó los lentes, se secó las lágrimas que le caían en su arrugada piel y caminó hacia la escalera. 



Subió a la planta baja y entró a un despacho. 



Un escritorio enorme era el claro protagonista de esa habitación. Era de una madera impecable, brillante y con detalles en oro. Ninguno de los cuadros de honor y de premios importantes interrumpía ese protagonismo. Justo detrás de la silla grande del escritorio, se encontraba uno con un marco dorado que rezaba “Premio Nobel de Química”. El hombre no los miró. Solo alzó un cuadro pequeño que estaba en el escritorio, era una fotografía de un hombre y una mujer abrazados. El hombre era parecido a él, solo que un poco más joven. Suspiró hondo y se lo guardó en el bolsillo del delantal. Luego sacó algo de uno de los cajones y volvió al sótano a paso rápido.



Otra vuelta más al reloj. Ya nada estaba tan limpio: ni el aire, ni las paredes, ni el guardapolvo. 



La bolsa negra estaba vacía. El cuerpo se hallaba en una camilla. Era una mujer. Muy parecida a la del cuadro que tenía en el bolsillo, solo que más vieja y menos viva. Ya estaba en un estado avanzado de descomposición. El hombre frenó sus labores cuando escuchó unas sirenas de policía. Esperó... —quizás pasaban de largo—. Al no escucharlas más, continuó con lo que estaba haciendo.



La computadora mostraba un cuerpo virtual, con todos los datos escaneados del cuerpo de la camilla. Toda la imagen titilaba en verde y un cuadro de diálogo le consultaba si deseaba continuar. El hombre no respondió, solo se apoyó sobre la mesada, sacó el portarretrato de su bolsillo y comenzó a mirarlo con ternura.



Él era un científico muy reconocido, creador de muchos proyectos exitosos. Solo uno fracasó, justamente el único que necesitaba en ese momento. 



La clonación estaba prohibida. Copiar a un ser humano era un delito penal. Sin embargo, desde que ella murió en ese horrible accidente, dejándolo solo y devastado, él se convenció a sí mismo que debía traerla de vuelta a su lado. Revivir a alguien era imposible, pero clonar a un muerto, no. 

En ese momento, mientras miraba la foto, recordó lo hermosa y buena que era. Ella lo cuidaba permanentemente y no dejaba que él se estresara con el trabajo.

Entre todos esos recuerdos, cayó en la cuenta de que su mujer defendía fervientemente que lo más importante en una pareja es el sexo: allí residen nuestras almas y el placer sexual es lo que nos hace humanos. 


— ¡Eso es! — exclamó el hombre.



El problema de la clonación era que, si bien era una copia casi exacta, le faltaba el “alma”. Si él la clonaba, ella podría recordar, pero no podría quererlo o sentir como antes. Además, estaba el otro problema, la paradoja de Teseo: aquella que pregunta si cuando a un objeto se le reemplazan todas sus partes, este sigue siendo el mismo. Se dio cuenta que ambas situaciones se podrían resolver. Solo era cuestión de buscar el punto Gräfenberg —es decir el punto G—, y trasplantarlo al clon.



Trabajó poco tiempo en eso y, finalmente, la computadora le volvió a consultar si deseaba continuar. Con una sonrisa puso que sí.



Momentos después, un cuerpo de una mujer apareció en una cámara vidriada al fondo del sótano. Él fue corriendo hacia allí, abrió la cámara, y la ayudó a incorporarse. Ella miraba sin entender. Lo reconoció, lo abrazó fuertemente, y él, llorando, le devolvió el abrazo.



— ¿Cómo lo hiciste? — preguntó ella.



— Es largo de explicar. Quiero abrazarte, te extrañé demasiado. — le respondió realmente conmovido. — ¿Cómo te sientes?



— Conocí el otro lado. El más allá. ¿Quieres saber?  — Se acercó y, mientras lo abrazaba, le susurró al oído. Él sonreía.



— ¿Entonces…? — preguntó. Y ella asintió con la cabeza.



Cuando la policía llegó al sótano, el reloj había dado otra vuelta. Lo que vieron los sorprendió: dos personas abrazadas que se habían quitado la vida.




    
La noche caía sobre la ciudad, envolviéndola en un manto oscuro que parecía desafiar la luz de la luna. Las calles estaban vacías, salvo por una persona que caminaba solitaria, con la mirada perdida, como si buscara algo que no podía encontrar. Ese hombre era un héroe, pero no lo sabía.


    Había despertado en un hospital, sin recordar quién era ni cómo había llegado ahí. Los médicos le dijeron que había sufrido un accidente que le había provocado una amnesia severa. Pero eso no importaba, porque sentía que debía hacer algo. Algo importante.


    Así comenzó su camino, buscando una razón para existir, un propósito para su vida. Se enfrentó a innumerables peligros, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, sin importarle el riesgo que corría. Su corazón latía con fuerza cada vez que salía al mundo, porque sabía que estaba haciendo lo correcto.


    Pero a pesar de todo, nunca logró descubrir su verdadera identidad. Y así pasó el tiempo, caminando por la ciudad como un fantasma, un héroe olvidado que luchaba por un mundo que no lo conocía. Por un mundo que él no conocía. 


    Entonces, un día, después de mucho tiempo, el héroe con amnesia dejó de caminar. Supo que algo no encajaba, y era que él necesitaba hacer el bien, pero que la gente no necesitaba un héroe. Sus problemas eran mas terrenales, de índole económico y político. Aunque alguien esté para salvarles la vida de las manos de un ladrón, ni ellos ni el ratero llegarían quizás a fin de mes con los gastos. Miró una vidriera con una televisión que mostraba la cruda verdad de la sociedad. Todos se peleaban con todos, y ese era el origen de todos los problemas. 


    Y así, mientras el sol comenzaba a salir, el héroe con amnesia sonrió. Por fin había encontrado su lugar en el mundo. Y mientras se alejaba, sabía que a pesar del sacrificio personal era la única opción para salvar a la humanidad. 


    El mundo necesitaba una razón para unirse. ¿Y qué mejor razón que un enemigo en común? 


    Compró una máscara negra, y salió en busca de su primer víctima. 




             Año 4000 d.C.

Los humanos estamos tan avanzados que cada neurona desarrolló una personalidad única y diferente a las otras, incluso dentro de un mismo ser.

Los humanos estamos tan avanzados que nuestra velocidad de respuesta aumentó, y nuestra capacidad de multitasking se multiplicó por mil en referencia al año 2000. Esto es permitido por la red de neuronas que, según su experiencia y su esencia, votan por una decisión que, lógicamente, es la mejor. Neurocracia les dicen algunos, vaya a saber por qué.

Los humanos hemos evolucionado a un nivel inimaginable en todos los ámbitos. Excepto en uno: "la maldición".

La maldición genera un fallo que perjudica la toma de decisiones del conjunto de neuronas. No importa la cantidad de neuronas disponibles, ni las características hegemónicas que poseen, ni el resultado total, siempre se genera una pérdida en la velocidad de respuesta. Y peor aún, en la calidad.

La maldición es algo temido por todos nosotros, ya que vemos a los que la padecen. Sus decisiones dejan de ser lógicas. Dejan de basarse en el principio universal de sumatoria de respuestas neuronales y, simplemente, accionan. Es usual ver que ataca a dos personas al mismo tiempo y ambos presentan el síntoma a la vez. No es contagioso, al parecer, pero a pesar de los avances tecnológicos, aún no sabemos de dónde proviene.

Los Maestros en las Artes siempre cuentan que, en la antigüedad, se le atribuía este fallo al músculo cardíaco. Y, por supuesto, dicha teoría fue estudiada y posteriormente descartada. Pero de algo estaban seguros, esa tontería no tenía ni una pizca de lógica.

Además, los Maestros dicen que antes no era llamada "la maldición". Se llamaba "amor".

Que nombre tan ridículo...


 




Soy un cactus, señores.


Si, un cactus. De esos de maceta que usan como souvenir* en los cumples donde uno no sabe que carajo poner como souvenir.


Me di cuenta fumando mi porrito personal que es el mate (los pacientes oncológico de carnet amarillo no podemos consumir drogas). Cada tanto me permito uno. Cada uno o dos minutos, porque soy un adicto al mate. 


Es decir, la gente me mira, me ve simpático y verde. Ahí, como un decorado zafable, cumpliendo siempre mi función de manera correcta. Ni muy muy ni tan tan.


Sospechan que debo pinchar, entonces solo se acercan los crédulos, los inocentes. Es buen filtro la verdad, porque mi vida no está para la gente sin huevos. A mi acercate si tenes ganas de vivir locamente. O si sos tonto. O masoquista. Sino no, mirame de lejos y saludame desde allá.


Por otro lado, no encesito mucho para vivir. A mi dame un poco de agua cada tanto, y sol. O no, me da igual. Voy a seguir creciendo firme igualmente. Yo no pido nada, y no necesito nada. Soy un cactus, viejo!


En realidad, si... pido algo. Que me pongas cerca de otro u otros cactus. 


Así que si vas a un cumple, traete dos souvenir al menos. Gracias!


*Souvenir es el regalito que te dan de despedida cuando vas a un cumple, cuyo mensaje es "Gracias por souvenir a mi cumple".








Pasado un poco el problema de los mosquitos, quiero contarte que estamos intentando ponerle onda a la vida. Y qué mejor para eso que empezar el gimnasio? Escuchaste bien, mi yo del pasado... Gim Na Sio.

Parecía un emprestito imposible, a mi que sólo averiguaba precios de gimnasios para saber cuanto me ahorraba. A mi, que cuando decidí finalmente hace 5 años hacer ejercicio el gimnasio al que fui a  averiguar estaba en un primer piso y desistí por un par de escalones. A mi, que si no hay una pelota de por medio no te corro el colectivo ni me agacho ni por un billete de 100. 

En fin, lo logré! Arranqué en un gimnasio groso... Magnum (tiene nombre de helado, si... eso me motiva mas).

Ya van 6 clases y aun no me sé los nombres de ninguna de las máquinas. El primer día me dijo la profe "Andá al Press Desk y hacete 4 series de 8". En mi mente, el Press Desk debía ser una especie de Netflix en la cual no debía ser muy difícil encontrar 4 series de 8 capítulos. Asi que me fui a casa a instalarla. 

No es tan malo ir al gimnasio. Podes usar auriculares y escuchar podcast de La Venganza Será Terrible, o de La Brújula de la Ciencia. O Planeta Misterio. Aunque no combine mucho con estár levantando pesas. 

También podes arrancar corriendo en la cinta, que ojo al piojo, es muy peligrosa. Segun la Universidad de Massachusets 1 de cada 3 personas que las usan sufre rotura de tibia y peroné por distraerse, olvidarse donde está  pisando y caerse al piso. 

Algo que no está tan bueno es compartir una máquina con otro. Una serie cada uno. Me hincha los bobelins tener que cambiar de los 30 kilos que pone el otro a los 5 kilos que uso yo, y que me miren con cara de superioridad. Prefiero esperar. El otro día estuve 6 horas en el gimnasio y usé 5 máquina. Es que eran muy solicitadas.

Igualmente creo que voy a seguir yendo, porque la verdad me hace bien. Aunque hoy me tocaba y acá estoy, en una heladería escribiendo boludeces para mi Yo del futuro.

Por suerte, este helado lo bajo el viernes, que me toca de nuevo.