Narraciones al viento

Una biblioteca de cuentos cortos para leer en cualquier lado...
Miguel Ángel Fernández




Caminando por la calle de mi casa me crucé con alguien que nunca había visto en el barrio. No recordaba muy bien cómo era físicamente, solo recordé que me gustó. Tal vez porque hacía mucho que no veía a nadie tropezar de esa manera en la calle desde hace tiempo. Y por supuesto, le saqué una captura a su perfil. Esta nueva actualización de lentes de contacto tiene cosas interesantes como esa. Luego, en casa, me dediqué a investigarla un rato. En mi barrio no hay muy buena señal, y además no quería gastar datos en eso.

Abrí la captura y me quedé observando su perfil. No tenía un nombre real, solo un apodo: Peregrina. En un mundo donde todo el mundo comparte hasta el número de su talle como si fuera parte de su identidad, ese anonimato era casi revolucionario. Su biografía decía: "Quien tropieza y no cae, dos casilleros avanza." Me reí solo, recordando el momento exacto en que extendió los brazos buscando equilibrio. Había algo magnético en ella, algo que no encajaba con las reglas invisibles de este mundo basado en la perfección aparente.

Sus fotos eran un reflejo de esa misma contradicción. Nada de paisajes editados ni selfies estratégicas. Había imágenes de detalles insignificantes pero llenos de vida: la luz filtrándose a través de una cortina vieja, una fila de hormigas en una pared, y un espejo roto que, a pesar de todo, devolvía un reflejo colorido. Cada una de esas fotos gritaba que las imperfecciones no son fallas, son las grietas por donde entra lo verdadero.

Quise escribirle. Estuve a punto de enviarle algo simple, un mensaje rápido que dijera: "Tu perfil es diferente. Me gusta." Pero no lo hice. Me quedé paralizado, preguntándome por qué era tan difícil dar ese paso. Tal vez porque, aunque la mayoría vivía obsesionada con mostrarse perfecta, yo sabía que todos éramos igual de vulnerables, igual de humanos. La diferencia era que ella no tenía miedo de dejarlo claro.

Pero no. No le escribí. No porque no quisiera, sino porque sentí que no era suficiente.

¿Qué podía decir yo que no sonara artificial, que no se perdiera entre todo lo demás? En este mundo, donde los lentes de contacto inteligentes nos daban acceso inmediato a las vidas de los demás, las conexiones reales eran cada vez más raras. Mirar perfiles, capturar imágenes, enviar reacciones: todo era rápido, automático, superficial. Y yo quería algo más, algo que no se pudiera resumir en un parpadeo o en una frase de catálogo.

Apagué los lentes, frustrado. Quizá no debía hacer nada. Quizá ella era solo una chispa fugaz, alguien que había aparecido por casualidad para recordarme lo que era vivir fuera de los algoritmos. Pero incluso mientras trataba de olvidarme de la idea, sentí que algo se movía dentro de mí. Una pequeña rebelión contra todo lo que ese mundo me decía que debía ser.

Al día siguiente, mientras caminaba hacia el local, la vi otra vez. Estaba en la misma vereda que yo, deteniéndose un momento para mirar hacia arriba, como si las nubes tuvieran algo importante que decirle. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Apuré la marcha, hipnotizado, y en ese instante, cuando ella giró la cabeza hacia mí, tropecé con el borde de un cantero. No fue un tropiezo grande, apenas un tambaleo torpe pero lo suficiente para que perdiera el equilibrio y me encontrara cara a cara con mi propia idiotez.

Ella me miró divertida y, sin perder un segundo, sonrió.

—Quien se tropieza y no cae…

Mi cerebro tardó un segundo en procesar lo que estaba pasando, pero mis labios completaron la frase casi por instinto:

—... dos casilleros avanza.

Ambos nos quedamos en silencio un momento, como si esa línea compartida fuera un puente que acabábamos de construir sin saberlo. Entonces, ella rió suavemente. Y eso ya fue demasiado para mi… 

Cupido acertó de lleno.





    Estimados, lo que les voy a contar puede sonar un poco loco, pero descubrí un portal hacia otro mundo.

 

    No fue un experimento científico, ni un hechizo, ni una conspiración cósmica. Fue una maceta.

 

    O, mejor dicho, fue mi pie, que se enganchó con la maceta del ficus en el patio. Podría decirse, incluso, que fue mi torpeza habitual la que hizo que mi pie se enganchara con la maceta del ficus.

 

    Cuando levanté la vista, noté que no estaba en mi patio. Y un poco me cagué en las patas.

 

    Después de un gritito nada digno de macho alfa, analicé la situación. No era un universo de lava ni una ciudad alienígena. Había calles, kioscos, autos estacionados, árboles… como una ciudad normal.

 

    Casi me convencí de que no había pasado nada. Que quizás había sufrido un ictus, un lapsus, o algo con “sus” en el que simplemente perdí noción del tiempo.

 

    Nada raro.

 

    Hasta que vi a la gente.

 

    La primera persona que vi estaba flotando a unos centímetros del suelo. No saltando. Flotando.

 

    El segundo era un señor apurado que se movía en el aire como si caminara, pero sin tocar el piso.

 

    El tercero estaba esperando en una parada de colectivo (que sí estaba firme en el suelo), pero él flotaba como un globo atado a un poste.

 

    Todas las personas flotaban.

 

    Excepto yo.

 

    Me miré los pies. Bien apoyados en el piso. Salté un poco. Cero efecto. Me agaché y toqué el suelo con la mano. Era un suelo como cualquier otro. Pero solo yo lo podía pisar.

 

    Y eso, evidentemente, me convirtió en el bicho más raro de la ciudad.

 

    —¡Miren, un pegado! —gritó un nene.

 

    La gente empezó a amontonarse (en el aire). Me rodearon flotando a distintas alturas. Una señora descendió empujándose con los brazos, como si nadara, y me miró con la boca abierta.

 

    —¡Pero qué cosa más extraña! —dijo—. ¿Cómo hacés para no elevarte?

 

    Me encogí de hombros. Para mí, la pregunta era al revés.

 

    —No sé… ¿cómo hacen ustedes para flotar?

 

    La multitud murmuró como si hubiera dicho una blasfemia. Me miraban con curiosidad, como si fuera un fósil caminante.

 

    Un nene descendió hasta mi altura, agarró mis orejas y tiró hacia arriba.

 

    —¡Está duro! —dijo—. ¡No se despega!

 

    Con el revuelo, enseguida empezaron a pedirme favores.

 

    Resulta que, en este mundo, las personas flotaban, pero el resto de las cosas seguía en el suelo. Eso significaba que, si alguien dejaba caer un billete, una moneda o el celular, chau. Se quedaba ahí para siempre.

 

    A menos que apareciera alguien como yo.

 

    Un héroe nato.

 

    —Señor Pegado, ¿me alcanza la billetera? Se me cayó cuando me ajusté el cinturón y ahora no puedo agarrarla.

 

    Por supuesto que se la alcancé sin mayor esfuerzo. El hombre me agradeció y me extendió una piedrita.

 

    La tomé y, en seguida, me di cuenta de que era un lingotito de oro. De oro de verdad.

 

    Antes de poder decir nada, me llamaron nuevamente.

 

    —¡Eh, amigo, se me fue la gorra con el viento! ¿Podrías traerla?

 

    Obviamente lo ayudé, y también me pagó con oro.

 

    —¡Maestro del Piso, perdí el anillo de bodas y mi esposa me mata!

 

    Este último me pagó con más oro aún. Diez lingotitos. O tenía mucho, o le temía demasiado a su esposa.

 

    Y yo, que siempre fui más bien normalucho en mi mundo, de repente era el tipo más útil del lugar.

 

    Me gustaba bastante. Era un gran mimo al ego. Y encima me pagaban.

 

    Un tipo me ofreció cinco lingotes para ayudarlo a destrabarse del techo de su casa, donde había quedado atado sin querer mientras dormía la siesta.

 

    A los veinte minutos, ya tenía los bolsillos llenos.

 

    Me sentí un empresario del siglo XXI.

 

    Hacía cosas básicas y me pagaban con oro. Ya me veía volviendo a casa como un rey, llenando la heladera de chocolates caros y comprando esa cafetera inútil que nunca quise.

 

    Finalmente, volví por donde llegué.

 

    Cuando salí del portal, me miré las manos y los bolsillos… y toda la fortuna había desaparecido.

 

    Toda mi riqueza, todo mi esfuerzo… a la basura.

 

    Bueno, "esfuerzo".

 

    Me quedé parado en el patio con cara de tonto. Miré la maceta del ficus, que seguía en el mismo lugar. Pensé en patearla, pero, con mi suerte, seguro me tropezaba de nuevo y terminaba en otro lío.

 

    Igualmente, me sentía satisfecho por haber ayudado tanto.

 

    Esa noche, en la cena, se los conté a los chicos.

 

    —Así que aprendí algo importante —dije, sirviéndome más puré—. A veces, lo que a uno le cuesta mucho, a otros les resulta sencillo. La sensación de ayudar al otro es mejor que cualquier pago.

 

    Iker frunció el ceño.

 

    —¿Como cuando regalé mi bici a los chicos del hogar?

 

    —Exacto —dije—. O como cuando nos ayudaron a nosotros a comprar nuestra casita.

 

    Julen me miró muy serio, con un bocado de milanesa en la boca. Después dijo:

 

    —Papá…

 

    —¿Sí?

 

    —Yo quiero flotar.

 

    Se hizo un silencio y después los dos se largaron a reír.

 

    —Bueno —dije—, la próxima los llevo y probamos. Pero si pierden algo, les cobro en oro, ¿eh?

 

    Y así seguimos cenando.

 

    Al final, me fui a dormir pensando que, aunque no me había traído un tesoro, al menos tenía una buena historia para contar.

 

    Y eso, en el fondo, vale más que cualquier lingote.






La puerta se entreabre con un susurro de madera cansada. Afuera, la niebla danza lenta, acaricia el umbral como un huésped indeciso. La noche calla. Todo calla.

Ella duda un instante, los ojos clavados en la nada líquida de la oscuridad. Luego, con un leve temblor en los dedos, cierra. La llave gira con un eco sordo.


Silencio.


Adentro, la penumbra respira con ella. Camina despacio, evitando los rincones, las sombras demasiado gruesas. Junto a la ventana, su reflejo es solo un espectro de sí misma. Pero detrás… algo más.

El teléfono parpadea en la mesa, rompe la calma con su vibración ansiosa. Un mensaje: “Sal de ahí. Ahora.”

El aire se espesa. En el cristal, la sombra tras ella parece erguirse, deformarse, acercarse.

Un roce helado en su nuca.

El teléfono escapa de sus manos. En la pantalla titilante, una llamada entrante. Su propio nombre.

El zumbido del aparato se apaga.


Silencio.


La casa lo traga todo. Como si nunca hubiera habido nadie allí. Y de repente, la puerta se entreabre con un susurro de madera cansada...

 



El salón del juicio celestial era un lugar que escapaba a toda lógica. En sus alturas flotaban planetas en miniatura, orbitando lentamente alrededor de una luz que no venía de ningún sol. Los ángeles, dioses menores y seres cósmicos observaban desde lo alto, sus alas y cuerpos entrelazados en un vaho de resplandor puro. Frente a un inmenso trono de piedra estelar, nuestro Dios se encontraba en pie, inmóvil, mientras un silencio reverente envolvía la sala.

Frente a Él, el juez del tribunal divino, una figura vasta y solemne, con ojos que contenían galaxias en formación, se alzaba con la autoridad de milenios. En su mano sostenía un cetro que parecía hecho de tiempo mismo, susurrante con las eras que habían pasado y las que aún no habían nacido.

—Dios —comenzó el juez con voz grave—, se te acusa de haber plagiado la creación de otro dios. Tu universo, tan aparentemente grandioso, no es completamente tuyo.

Un murmullo atravesó a los espectadores. Las miradas incrédulas se cruzaban entre los dioses menores, y los ángeles susurraban. La acusación resonaba con fuerza. ¿Plagio? La idea era impensable.

—Se dice que has robado los planos de un universo anterior —continuó el juez—. Las pruebas se han presentado, y son contundentes. Cualquier defensa que tengas, este es el momento para exponerla.

Dios permaneció en silencio. A su lado, apareció Eldenios, el dios menor al que casi nadie recordaba, pero cuya creación original estaba ahora en el centro del juicio.

—Este es mi universo —declaró Eldenios, con un gesto que hizo aparecer ante los presentes una pequeña esfera de luz. Dentro de ella se desplegaba su creación: planetas perfectamente alineados, estrellas que no morían nunca, y seres que vivían en armonía sin caos ni sufrimiento.

El silencio se profundizó, y lentamente se fue deslizando hacia la incomodidad. El universo de Eldenios era... perfecto. Pero perfecto en una forma que se sentía artificial, sin alma.

—Este es el universo del que se te acusa de haber tomado los fundamentos para crear el tuyo —dijo el juez, dirigiéndose a nuestro Dios—. ¿Cómo te declaras?

Dios miró la pequeña creación con calma y luego alzó la vista hacia el juez.

—No niego que hay elementos que tomé de otros —dijo con una serenidad inesperada—. Pero lo que importa no es de dónde provienen, sino lo que hice con ellos.

Eldenios lo interrumpió, alzando la voz con un tono acusador.

—Lo que hiciste fue llenarlo de errores, de caos. ¡Tu creación está plagada de imperfecciones! Los seres que habitan en tu universo mueren, sufren. Los planetas colapsan, las estrellas se apagan. Todo lo que hiciste fue corromper lo que alguna vez fue puro. Y ese planeta Tierra es lo peor de todo.

Los murmullos entre los asistentes se intensificaron. Era cierto. Los dioses menores, los ángeles, todos sabían que el universo creado por Dios estaba lleno de fallos inexplicables. Las catástrofes, las extinciones, los agujeros negros que devoraban todo a su paso. ¿Cómo podría defenderse de esa acusación?

—Sin embargo —continuó Dios, con una leve sonrisa en los labios—, mi universo... vive.

La sala quedó en silencio. El juez frunció el ceño.

—¿Vive? —preguntó el juez.

—Sí —respondió Dios—. El universo de Eldenios es perfecto, pero estático. Sin errores, sin cambio, sin desafío. En mi universo, las estrellas mueren y nuevas nacen. Los seres sufren, pero en ese sufrimiento encuentran propósito. Nada permanece igual porque la vida no puede surgir de la perfección. La creación real necesita el caos.

Eldenios se mostró molesto, pero su voz temblaba con incertidumbre.

—¿Eso es una excusa? ¿Llamas a la destrucción y al dolor "vida"?

—No es una excusa —dijo Dios, inclinando la cabeza—. Es una realidad. Un universo que no evoluciona está muerto. Y ahora, te hago una pregunta, Eldenios: ¿cuántos seres conscientes hay en tu universo?

La pregunta flotó en el aire, pesada. Eldenios pareció confundido.

—¿Conscientes?

Dios lo miró fijamente.

—Exacto. Conscientes. Seres que piensan, que eligen, que crean sus propias historias. Porque, hasta donde yo sé, tu creación es perfecta, pero vacía. Sin vida capaz de trascender las reglas que has impuesto.

El juicio se volvió un remolino de murmullos. Eldenios dudaba.

—No… no es necesario que haya seres conscientes. Mi creación está en equilibrio perfecto, no necesita seres que cambien ese orden.

Dios esbozó una sonrisa leve.

—Pero la vida necesita el desorden para crecer, Eldenios. Necesita el caos para encontrar nuevos caminos. Lo que llamas errores son el fundamento de la evolución, la chispa que enciende la conciencia. Mi universo no es perfecto, pero ha dado lugar a algo que el tuyo jamás podría: seres capaces de crear su propio destino.

El juez observaba con interés creciente. Eldenios parecía cada vez más arrinconado. Y entonces, justo cuando parecía que Dios ganaba la batalla, sucedió algo inesperado. El juez se puso de pie.

—Interesante teoría, Creador. Pero lamento decirte que no es suficiente. El plagio está demostrado. Has tomado elementos de otro dios para crear tu propio universo, y aunque hayas añadido tus propias modificaciones, el delito sigue siendo grave. Debemos decidir ahora el castigo.

Un murmullo recorrió la multitud. Algunos ya imaginaban las posibles condenas. Pero en ese instante, el juez levantó una mano y la sala volvió al silencio.

—¿Alguna propuesta? —consultó el juez.

Eldenios, con una sonrisa maliciosa en su rostro, levantó la mano. 

—Para compensar vuestro tiempo perdido, propongo un entretenimiento utilizando su universo—el dios menor hizo un gesto hacia el Creador. —. Enviemos a alguien al planeta de los humanos que Él tanto adora, y que durante un tiempo determinado ese alguien haga cosas divertidas, ridículas y confusas para ver como reaccionan y se comportan esas bestias.

El resto de la audiencia asentía a medida que avanzaba la explicación. Dios, inmutable, no dejó de mirarlo a los ojos. El juez habló, asintiendo como los demás.

—Nos agrada ese castigo. ¿Quién irá entonces?

—Como a mi también se me ha de compensar, elegiré yo—Eldenios hizo una pausa dramática, mientras todos observaban con expectativa. Luego, señaló a una de las esquinas del salón, donde se hallaba un ser diminuto en comparación con los dioses, vestido con una túnica humilde, con el rostro desgastado por el tiempo y las tareas que le habían encomendado: el encargado de la limpieza. Este levantó la cabeza al sentirse observado y saludó con una mano, sonriendo tontamente.

Hubo un murmullo inicial, seguido de un aplauso general. Era evidente que todos estaban entusiasmados con la idea.

Dios también sonrió. Sinceramente, tampoco le parecía algo tan malo. Incluso Él mismo podría divertirse. 

El juez pidió silencio y agregó:

—Muy bien, así será. Queda saber cuánto tiempo deberá ir. ¿Qué dices Eldenios?

—33 años es suficiente.

—Que así sea.—dijo el juez.

—Que así sea.—repitieron todos.



 

Capítulo 1: La ausencia

    Hay cosas que no se pueden describir, como el vacío que queda cuando alguien desaparece de tu vida. Mi madre murió cuando yo era tan chico que, si cierro los ojos, apenas la puedo recordar. Es curioso cómo el cerebro retiene lo mínimo indispensable para que duela lo justo. A veces me pregunto si sería más fácil haber olvidado todo. Pero no, quedaba algo. Su sonrisa quizás. O esa cadenita con un dije con forma de reloj, que tantas cosquillas me hacía cuando estaba en su regazo. No mucho más, pero siempre queda algo, aunque sea pequeño, como un eco distante que retumba en la cabeza.

    Después de que ella se fue, la soledad se convirtió en una constante. Mi padre, un hombre de ciencia, lidiaba con la vida como si fuera un problema matemático. Todo era explicable, todo tenía una fórmula, un porqué. Pero cuando se trataba de mí, nunca encontró la ecuación correcta. Él me enseñó todo lo que sabía, como si con conocimientos pudiera reemplazar lo que yo más necesitaba. Física, química, teorías sobre el universo... pero en el fondo, lo único que yo quería era entender el vacío. ¿Cómo se llenaba? Nadie me lo explicó nunca.

    Con el tiempo, fui creciendo entre fórmulas y ausencias. Los días pasaban entre libros y ecuaciones que yo trataba de resolver como si, al hacerlo, lograra también entender por qué la vida era así. Mi padre desapareció cuando yo tenía quince. Simplemente se fue, como si todo lo que me había enseñado hasta entonces fuera suficiente para que pudiera arreglármelas solo. Y de alguna manera, tenía razón. Aprendí a resolver problemas, a entender el mundo desde una perspectiva fría, lógica. Pero el frío también cala en los huesos, aunque tengas todas las respuestas.

    A veces me sentía un extraño incluso para mí mismo. Como si cada día que pasaba me volviera más una extensión de los experimentos de mi padre, y menos un ser humano. Los pocos recuerdos que tenía de mi madre se volvían más borrosos con cada año que pasaba, pero esa sensación, esa punzada en el pecho, nunca desapareció. Era como si su ausencia fuera la única cosa realmente constante en mi vida. Lo único que daba sentido a todo.

    Fue esa falta la que me empujó a intentarlo, a hacer lo que todos consideraban imposible: viajar en el tiempo. No lo hice porque creyera en cambiar el pasado o arreglar lo que ya estaba roto. Lo hice porque, de alguna manera, esa ausencia se había vuelto insostenible. No quería volver a verla para salvarla. Sé que, según los cálculos, el pasado no se puede cambiar. Solo quería sentir, aunque fuera por un instante, que había algo más allá de esa frialdad científica que me había envuelto en todo momento. Quería sentir amor aunque sea una vez.

    Pasé años encerrado en mi sótano, rodeado de cables, diagramas y ecuaciones. No me importaba lo que ocurría en el mundo exterior, ni las relaciones que no tenía, ni los amigos que nunca hice. Solo había una pregunta que importaba: si podía volver, aunque fuera por un segundo, a un tiempo en el que ella aún estuviera. No tenía muchas expectativas. El tiempo es algo que ni siquiera los más grandes científicos han logrado manipular. Pero yo lo intenté, porque no había otra cosa en la vida que me moviera. Era ella o nada.

    El día que la máquina estuvo lista, la habitación se sintió extrañamente quieta. Recuerdo que lo único que oía era el sonido de mi respiración. Todo lo demás se había desvanecido. Miré la consola, revisé cada uno de los cálculos por última vez. Solo coloqué un bolso de viaje con lo necesario para subsistir. El viaje estaba programado para un año cualquiera, uno donde ella todavía existía, y sonreí cuando recordé su cadenita con el dije con forma de reloj. Que curiosa coincidencia. 

    Y entonces, mis manos temblaron cuando apreté el último botón.

    En ese momento, supe que mi vida nunca había tenido otro propósito que ese. Todo lo que había aprendido, todo lo que me había enseñado mi padre, todos esos días interminables, estaban destinados a culminar en este instante. La máquina zumbó, el mundo se desdibujó, y el tiempo dejó de ser lo que era.


Capítulo 2: La búsqueda

    Viajar en el tiempo no es tan romántico como lo había imaginado. No fue llegar y ver, como pensaba, sino una sucesión de días agobiantes, llenos de incertidumbre. Apenas aterricé en ese tiempo que no era el mío, todo parecía igual… pero distinto. No sabía exactamente en qué año estaba. Sabía que ella estaba viva, y eso bastaba.

    Mi primera parada fue un pueblo pequeño, cuyo nombre vi en viejos documentos: Quevedo. Supe de su existencia gracias a unos papeles amarillentos que encontré entre las cosas de mi padre. El camino hacia Quevedo fue mucho más difícil de lo esperado. Aún con las ventajas tecnológicas que poseía en mi mente, los transportes de esa época no ayudaban mucho. Había caminos de tierra, arruinados, que apenas merecían el título de "carreteras". En mi mente, viajar en el tiempo había sido la parte difícil, pero la verdadera odisea fue recorrer esos caminos interminables.

    No había trenes directos, así que tuve que depender de la amabilidad de conductores que me llevaban por tramos. Subí en camiones de carga, carrozas desvencijadas, y hasta a pie recorrí largas distancias bajo el sol abrasador, siempre con la esperanza de que cada curva en el camino me acercara más a ella. Los días pasaban y el paisaje no cambiaba: campos vacíos, colinas verdes y el horizonte eterno. A veces me preguntaba si el pueblo realmente existía o si era solo una ilusión en mi mente. Pero no podía rendirme, no aún.

    El sol caía cada tarde sin ningún indicio de progreso. Me instalaba en pequeños hospedajes a la orilla de la carretera, sitios donde las camas crujían y el polvo se acumulaba en cada esquina. Las conversaciones con los lugareños eran breves. Nadie había oído hablar de Quevedo. Era como si el pueblo hubiera sido tragado por el tiempo.

    Finalmente, tras casi una semana de viaje, llegué a una encrucijada. Un viejo con un sombrero de paja, sentado en el borde del camino, me indicó con un gesto que siguiera recto. 


    —Quevedo está a unas horas— bostezó. Mis pies casi temblaron al oírlo. Apreté el paso con renovada energía. El polvo levantado por mis botas era lo único que acompañaba mi marcha.

    Cuando por fin llegué a Quevedo, fui recibido por un silencio extraño. Era un pueblo bastante pequeño. Casi que ni siquiera parecía un pueblo, más bien una acumulación de casas dispares, desperdigadas, como si no pertenecieran a un lugar en particular. Las calles eran de tierra, y solo unos pocos perros dormían al sol. No había el bullicio de un mercado ni la vitalidad de los niños jugando en la plaza. Si no fuera por el humo que salía de algunas chimeneas, habría jurado que estaba abandonado.

    Con mi mochila cargada y los pies polvorientos, me dirigí al primer hospedaje del pueblo, la casa de los Peralta, una familia que ofrecía alojamiento a viajeros como yo. Me recibieron con una hospitalidad inusual. El padre, un hombre robusto de manos curtidas, me permitió quedarme en una de sus habitaciones. 

    E inmediatamente me fui a la taberna, el único lugar que parecía tener un poco de vida. Me acerqué a la barra, pedí algo para beber y, tras algunas palabras triviales con el tabernero, comencé a preguntar por ella.

    —¿Conoces a alguien llamada Yoqui? —pregunté, casi en un susurro, con la esperanza de que ese nombre resonara en su memoria.

    El hombre, con una expresión de sorpresa en su rostro, negó con la cabeza. Intenté con algunos otros en la taberna, pero la respuesta fue siempre la misma: nadie conocía a una tal Yoqui. Frustrado, salí a las calles de Quevedo y repetí la misma pregunta en cada puerta, en cada rincón. Pero los días pasaron, y nadie me daba la respuesta que buscaba.

    Con el tiempo, comencé a perder la esperanza. El calor, la soledad, la falta de pistas… todo me abrumaba. Fue entonces cuando, mientras me preparaba para otro intento fallido en mi búsqueda, conocí a Ana, la hermana menor de los Peralta.

    Ana era todo lo contrario a lo que había imaginado encontrar en un pueblo como Quevedo. Tenía el cabello largo y oscuro, y unos ojos que parecían capaces de penetrar cualquier capa de tristeza o desánimo. Fue ella quien se ofreció para acompañarme con una sonrisa cálida, y desde ese instante algo en mí se movió. Al principio, no le di importancia. Tenía una misión, y nada debía distraerme. Su compañía iba a ser útil para mi, práctica. Nada más.

    Los días siguientes continué con mi búsqueda. Pregunté en la iglesia, en las casas más antiguas del pueblo, pero nada. Yoqui seguía siendo solo un nombre sin rostro. En las tardes, me encontraba volviendo a la casa de los Peralta sin respuestas, agotado y frustrado, pero Ana estaba allí, siempre dispuesta a escuchar mis historias, aunque no tuviera mucho que contarle.

    A medida que mi esperanza se apagaba, algo nuevo comenzaba a crecer. La búsqueda de mi madre se volvía una sombra, una rutina sin sentido, mientras los momentos con Ana se volvían el centro de mi día. Hablábamos cada vez más, de cosas pequeñas, del clima, del pueblo, de la vida que llevaba en Quevedo. Ella me contaba sobre sus sueños, sus deseos de ver más allá del horizonte. Y cada vez que la escuchaba, sentía que el vacío que llevaba dentro se hacía un poco más pequeño.

    Una tarde, mientras caminábamos por las afueras del pueblo, Ana me preguntó si había encontrado lo que estaba buscando. Me detuve, mirando al horizonte, pensando en la respuesta. ¿Lo había hecho? La respuesta más honesta era no. No había encontrado a mi madre, ni rastro de Yoqui en ese pueblo olvidado. Pero al mismo tiempo, algo en mí ya no sentía la urgencia de seguir buscando.

    Ana se había vuelto algo más que una simple compañía. Su risa, sus ojos, su forma de ser… todo en ella me hacía sentir que, quizás, lo que había estado buscando durante tanto tiempo no era a mi madre, sino algo que llenara el vacío que ella había dejado. Y, de algún modo, Ana lo estaba logrando.

    Los días continuaron, pero mi búsqueda no. Dejé de preguntar por Yoqui, porque me di cuenta de que ya no importaba. Ana y yo caminábamos juntos, reíamos, nos conocíamos cada vez más. Me estaba enamorando de ella, de su bondad, de su sencillez. Y en ese proceso, empecé a pensar que, tal vez, ya no necesitaba encontrar a mi madre para sentirme completo.

    Tal vez, había encontrado algo más. Algo que, por primera vez en mucho tiempo, me hacía sentir vivo.

    Y un día, le conté a Ana algunos detalles de mi búsqueda. No todo, porque me creería loco. Pero si sobre mi búsqueda de Yoqui en un pueblo llamado Quevedo.

    Edi, tú sabes que hay más de un pueblo llamado Quevedo, ¿verdad?— Ante mi cara de sorpresa, me miró profundamente. Luego, se preparó para hacerme una propuesta que no podría rechazar.

    —Hay otro pueblo más grande llamado Quevedo a menos de un día de viaje desde aquí. Vayamos juntos, y tomémoslo como una aventura.

    Ese fue el instante más feliz de mi vida hasta el momento.

    —¡Si!


Capítulo 3: El encuentro

    El sol ya estaba alto cuando dejamos atrás el pequeño Quevedo. Ana caminaba a mi lado, su paso ligero, casi despreocupado, mientras yo mantenía un ritmo más lento, absorto en mis pensamientos. No podía dejar de imaginar lo que me esperaba en el otro pueblo. ¿Y si mi madre estaba allí? ¿Y si, por fin, después de todo este tiempo, la encontrara? Y mejor aún, ¿cómo sería presentarle a Ana, la mujer que había llenado ese vacío que durante tantos años me había acompañado?

    El camino era tranquilo, bordeado por árboles y pequeños campos que se extendían hacia el horizonte. No era como el viaje que hice para llegar al primer Quevedo. Esta vez, cada paso se sentía más ligero, más esperanzador. Ana tarareaba una canción mientras el viento acariciaba suavemente nuestras caras, y yo no podía dejar de sonreír. Me sentía como si estuviera en el borde de algo maravilloso, un amor doble, tan cercano que casi podía tocarlo. Encontrar a mi madre y, al mismo tiempo, tener a Ana a mi lado... era casi demasiado para ser verdad.

    —¿Qué harás cuando la encuentres? —preguntó Ana, rompiendo el silencio.

    Miré hacia ella, sorprendido por la pregunta, pero con una sonrisa en los labios.

    —No lo sé —dije sinceramente—. No me lo he planteado. Supongo que le contaré todo... y te la presentaré. Me encantaría que ustedes dos se conocieran.

    Ana sonrió y asintió, aunque su mirada parecía estar en otro lugar. Continuamos caminando en silencio durante un buen rato, hasta que el sonido de un río cercano nos invitó a hacer una pausa.

    Nos sentamos junto a la orilla, bajo la sombra de un árbol, el sol ya empezando a teñir el cielo de tonos cálidos. Me sentí exhausto, pero de una manera agradable. El cansancio de un largo día bien vivido. Ana se recostó en la hierba, y sin pensarlo mucho, apoyé mi cabeza en su regazo. Su mano acarició mi cabello con suavidad, y por un momento, todo lo que me preocupaba dejó de existir.

    —¿Te molesta mi nombre? —preguntó de repente Ana, rompiendo el silencio.

    Abrí los ojos, algo desconcertado.

    —¿Tu nombre? No, ¿por qué lo haría?

    Ella rió, pero había algo en su risa que me hizo sentir un ligero escalofrío.

    —Siempre he odiado el nombre Ana. Es tan… simple, tan común. Si pudiera, me cambiaría el nombre.

    —¿Y qué nombre elegirías? —pregunté, más por curiosidad que por otra cosa.

    —Yoqui —respondió sin dudar—. Me gustaría llamarme Yoqui. Es un nombre con más personalidad, ¿no crees? Le pediré permiso cuando la encontremos, si no te molesta.

    No dije nada. No podía. Solo cerré los ojos, tratando de procesar lo que acababa de escuchar, y fue entonces cuando lo sentí. Algo frío rozó mi frente. Abrí los ojos y allí estaba, justo encima de mí, colgando de su cuello: una cadenita con un dije en forma de reloj. Hacía cosquillas en mi piel, exactamente como lo hacía en los pocos recuerdos que tenía de mi madre.

    Todo encajó de golpe. El peso de la revelación me dejó sin aire. ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo no lo supe?

    —Edi… —su voz sonaba suave, como si no notara lo que acababa de suceder dentro de mí—, ¿Edi es tu nombre completo?

    Giré mi cabeza para mirarla. Su rostro era tan familiar ahora, tan dolorosamente familiar, pero no de la manera que había esperado. Ella me devolvió la mirada con esa ternura que había aprendido a amar en estos días.

    —No... —dije con un hilo de voz—. Me llamo Edipo.